sábado, 28 de julio de 2007

Veranos de la infancia


"Eran veranos eternos, luminosos, radiantes: trepar por las grandes rocas de granito, castillos improvisados, cuevas tenebrosas, la morada del ogro o la cárcel donde el doncel valiente había sido encerrado por el déspota malvado; correr, jugar al escondite o a “policías y ladrones”, al rescate, a indios y mujeres tímidas –a la vez guerrilleras- que eran raptadas y salvadas por el pirata de buen corazón o el noble caballero. La sierra de Madrid, con su olor a sabinas y a matorral reseco, a trigo recién segado, era el planeta donde todo cabía. Aquellas largas siestas con el zumbido de las moscas, el revolotear de las avispas que se acercaban al bocadillo o a la cena improvisada en el jardín; las pequeñas corrientes de agua, arroyos insignificantes que había que vadear. El cuchicheo cómplice del atardecer, el misterio de los muchachos, el “te ajunto” o “no te ajunto”, el “Manolo es novio de Carmencito”. La fascinación por el trasiego de los adultos, la indiferencia ante el horario, el “tú la llevas” hasta altas horas de la noche o el juego tímido de “las prendas”.


Esos meses de agosto con tormentas al atardecer, relámpagos que provocaban miedo, calor sofocante al mediodía y excursiones con los bocadillos y la cantimplora llena de agua. De baños en las aguas heladas, transparentes todavía, de ríos diminutos; de cercas que había que saltar, toros en las dehesas, apacibles vacas que volvían al establo por los caminos de tierra con sus cencerros, y el vaquero, con la vara de álamo flexible, que conducía el ganado. El ruido de la campana de la iglesia del pueblo, los mosquitos y las arañas de largas patas. Las viejas con pañolones negros en la cabeza que saludaban al pasar: “Vaya con Dios”. Las casas destartaladas de piedra, con el poyo a la entrada donde se sentaban los viejos, y los chalés no muy grandes, que parecían palacios con altos árboles, setos cuidados, recovecos, y las primeras piscinas.


Veranos madrileños, todavía sin mar, me vuelven mientras contemplo el juego de los niños en la playa, sus risas, sus carreras, sus aguadillas. Y pienso que también el campo, aquel campo agrícola y semi salvaje tenía “su aquel”, como seguramente lo sigue teniendo para tantos niños que regresan ahora a la casa del pueblo, aquella que los padres abandonaron, a la que también desean volver en cuanto se jubilen. Pueblos que han cambiado, pero que siguen siendo el reino de la libertad para cualquier niño, sin muchos coches, sin ajetreo, sin controles directos. Un verano de lujo."


[Lourdes Ortiz - Mujer de Hoy nº433]